29 de enero de 2013

Praga . Un poema de Emilio M. Martínez Eguren


UNA DE VERSOS

Un poema de Emilio M. Martinez Eguren


PRAGA




Laberintos de belleza,
en tiernos y rosados tonos.
La música, la cultura de Mitteleuropa
transfiguradas en arquitectura encantadora
de líneas elegantes que no desdeñan el adorno,
la gracia de una voluta
como sensual curva de católica
señorita reprimida y ardiente.

No es extraño que Kafka soñara
con inacabables construcciones,
castillos infinitos o inaccesibles,
complejos como la Historia.
Lo extraño es
que sus sueños tuvieran el leve frío de las pesadillas,
esa angustia de flotar en el estupor, en lo inconcebible.
Acaso fuera por la ley del contraste,
la necesidad del equilibrio
(dolor y absurdo en la belleza excelsa:
et in Arcadia ego),
el contrapeso justo a tanta gloria
       de piedra como carne,
       de piedra como espíritu.




Mas poemas y relatos de Emilio M. Martinez Eguren en el blog del autor



21 de enero de 2013

El viajero. Melancolía de Dionisio III.

Urbana Luna



         El dios errante se pierde entre las sombras de la ciudad soñada. Se confunde con los transeúntes, camina con una copa vacía  junto a los últimos borrachos solitarios. Y el cielo va cambiando su color desvaído hasta alcanzar una tonalidad rojiza que deslumbra. En algunas metrópolis la violencia se anuncia al amanecer. 


Melancolía de Dionisio III




          Dionisio baja las escaleras del metro, donde vomita un adolescente. Los andenes, iluminadas por luces blancas, le deprimen. No entiende qué significa ser hombre.  De nuevo en la calle se pasea como un turista despistado. Observa la mercancía que le ofrecen los escaparates: toritos y flamencas,  hamburguesas de Mac Donald,  viajes  low cost.  Ya esta al borde de los abismos humanos, pero no se da cuenta, todavía es un dios.


         Huir del Olimpo para convertirse en mortal es una hazaña. El dios de los excesos se adentra en el laberinto sin el hilo de su amada Ariadna. Ni siquiera echa de menos las borracheras de antaño, ni a los sátiros, ni a las ninfas danzantes. Rehuye la compañía de sus fieles sacerdotisas, ya no le entienden. Añora, sí, las charlas bajo el emparrado con los amigos Centauros, a los que admira por su condición de híbridos y porque saben leer el futuro. El futuro, que ya percibe como algo incierto.

         Le imagino viajando en un vagón de metro, con chaqueta y sombrero sobre su piel de estatua. Y por la noche, sentado en un banco del Jardín Botánico, a la espera de que llegue el sueño. ¿Qué soñaran los dioses? 



“Tienen un sueño dulce
Y envejecen despacio (o no envejecen)
bajo palios teñidos de escarlata
entre nubes de guantes amarillos” 

13 de enero de 2013

Ausencias. Melancolía de Dionisio II

Urbana Luna


El Olimpo se parece mucho a Madrid, esto es lo que pienso mientras camino por un bulevar idéntico al Paseo del Prado, con su Jardín Botánico a la derecha y con su acera iluminada por bares a la izquierda. El cielo está cubierto por nubes de color púrpura que dejan escapar gotas de vino.

         Estoy aquí para encontrar a Dionisio el luminoso, al que algunos llamaron Baco. Necesito encontrar a alguien que me ayude, pero no lo tengo fácil. Porque en el Olimpo los bares están vacíos y en la noche sólo se escucha un sonido lejano de trenes.



Regreso a Babilonia



         Como sigue lloviendo, me resguardo en el primer local que encuentro abierto. Es una copia exacta del Museo del Jamón, un lugar que en Madrid está siempre lleno de turistas y aquí en el Olimpo está vació. Pido un vino, dispuesta a preguntarle al camarero por la cuestión que me interesa, pero me veo interrumpida por la entrada de un grupo de mujeres encapotadas que entran cantando a toda voz. Bajo las capas de terciopelo van medio desnudas, se adornan con joyas y desprenden el aroma dulce de los perfumes orientales.

         Las mujeres reparan inmediatamente en mi presencia, lo que me hace sentir un poco incómoda porque llevo el pijama a cuadritos,  babuchas de lana y el pelo recogido en una coleta.
        
         ¡Evohé!  gritan mientras chocan las copas y beben sangría.

         Son las bacantes, sacerdotisas encargadas del culto a Dionisio-Baco; en otro tiempo acompañantes del dios en sus borracheras. Ahora caminan errantes y solitarias en la noche olímpica recodando tiempos felices.

         Como hipnotizada, me acerco a ellas con la copa de vino que todavía no he probado. Me invitan a compartir su sangría. El vino del Olimpo está tan agrio como el humor de Dionisio y para beberlo es necesario añadirle azúcar y corteza de limón.

         Bebo y río con ellas y en animada tertulia me cuentan cómo empezó todo:

         Una simple frase, pronunciada desde el reino de los hombres, fue el detonante. Lo que pareció ser una invocación  en honor de nuestro amado dios, resultó  ser un  conjuro de efectos fatales.

         Este es el maleficio. Este es el hombre que lo pronunció:




Escuchadas estas palabras, Dionisio comenzó a debilitarse y le sobrevino una profunda crisis de identidad. En el Olimpo –cuentan mis amigas- hemos tenido conocimiento de quién es este  hombre, de sus dichos y de sus hechos, de las tropelías perpetradas por las huestes que abandera. El enemigo es poderoso,  las ciudades tiemblan.


         Dionisio ya no busca el placer. En su delirio se cree un hombre mortal. Pasa las noches en vela, convencido de que nada se puede cambiar, de que está todo escrito, que los hados no son favorables ni lo serán nunca, se deja arrastrar por los designios de Saturno. Zeus dice que está contaminado por la resignación humana  y sólo los hombres pueden curarle.

   
         Es una historia muy triste y mi tiempo se acaba. Las bacantes proponen que nos acerquemos hasta Atocha para comer unos bocadillos de calamares. Me hubiera gustado quedarme un rato más porque fuera, en la calle, veo a un joven de mirada lánguida que se pasea con una copa en la mano. Quizá sea ese al que algunos llamaron Dionisio el luminoso y otros llamaron Baco. Pero por la cristalera de El Brillante se cuela la luz violeta del amanecer y por la ventana de mi habitación, también.





El mensaje. Melancolía de Dionisio I

Urbana Luna


 “SOS. Dionisio está triste y la culpa es vuestra: de los resignados, de los fatalistas, de los obedientes. Los dioses imploran tu ayuda. El Olimpo te necesita.                                                                                     Firmado, Zeus”


Melancolía de Dionisio


         El joven  que me dio este panfleto permaneció mudo ante mis preguntas y siguió repartiendo su propaganda en la plaza del Callao, hasta que una pareja de policías le invitó amablemente a abandonar el lugar. Iba a comenzar la celebración de una misa al aire libre convocada por  el Club de Familias Como Dios Manda.
        
         El muchacho se marchó y yo me quedé con el papel entre las manos, leyendo su mensaje una y otra vez, preguntándome cuál habría sido la causa desencadenante de la tristeza divina, y cuál nuestra responsabilidad como hombres.

         Saber que el dios del vino y de la energía creadora padece una crisis vital, me causó tal impresión que decidí actuar, aun a riesgo de hacer el tonto.

         Tras  una honda reflexión, recordé antiguas lecturas de Nietzsche, y encontré el camino: Apolo, la fuerza opuesta, dios del sueño, regente de la quietud y el equilibrio, me transportará a la ciudad sagrada por vía onírica. Así pues me retiré al dormitorio y me dispuse a soñar.


         Poco después, caigo, silenciosa como una hoja, sobre los adoquines húmedos de la ciudad. Sopla un viento helado y yo voy en pijama. Es de noche, hay bares abiertos, pero están vacíos. De las fachadas cuelgan rótulos de neón verde. Nunca estudié griego antiguo por lo tanto no entiendo nada. Sólo sé que he llegado al Olimpo y que es invierno.

(Continuará)