13 de enero de 2013

Ausencias. Melancolía de Dionisio II

Urbana Luna


El Olimpo se parece mucho a Madrid, esto es lo que pienso mientras camino por un bulevar idéntico al Paseo del Prado, con su Jardín Botánico a la derecha y con su acera iluminada por bares a la izquierda. El cielo está cubierto por nubes de color púrpura que dejan escapar gotas de vino.

         Estoy aquí para encontrar a Dionisio el luminoso, al que algunos llamaron Baco. Necesito encontrar a alguien que me ayude, pero no lo tengo fácil. Porque en el Olimpo los bares están vacíos y en la noche sólo se escucha un sonido lejano de trenes.



Regreso a Babilonia



         Como sigue lloviendo, me resguardo en el primer local que encuentro abierto. Es una copia exacta del Museo del Jamón, un lugar que en Madrid está siempre lleno de turistas y aquí en el Olimpo está vació. Pido un vino, dispuesta a preguntarle al camarero por la cuestión que me interesa, pero me veo interrumpida por la entrada de un grupo de mujeres encapotadas que entran cantando a toda voz. Bajo las capas de terciopelo van medio desnudas, se adornan con joyas y desprenden el aroma dulce de los perfumes orientales.

         Las mujeres reparan inmediatamente en mi presencia, lo que me hace sentir un poco incómoda porque llevo el pijama a cuadritos,  babuchas de lana y el pelo recogido en una coleta.
        
         ¡Evohé!  gritan mientras chocan las copas y beben sangría.

         Son las bacantes, sacerdotisas encargadas del culto a Dionisio-Baco; en otro tiempo acompañantes del dios en sus borracheras. Ahora caminan errantes y solitarias en la noche olímpica recodando tiempos felices.

         Como hipnotizada, me acerco a ellas con la copa de vino que todavía no he probado. Me invitan a compartir su sangría. El vino del Olimpo está tan agrio como el humor de Dionisio y para beberlo es necesario añadirle azúcar y corteza de limón.

         Bebo y río con ellas y en animada tertulia me cuentan cómo empezó todo:

         Una simple frase, pronunciada desde el reino de los hombres, fue el detonante. Lo que pareció ser una invocación  en honor de nuestro amado dios, resultó  ser un  conjuro de efectos fatales.

         Este es el maleficio. Este es el hombre que lo pronunció:




Escuchadas estas palabras, Dionisio comenzó a debilitarse y le sobrevino una profunda crisis de identidad. En el Olimpo –cuentan mis amigas- hemos tenido conocimiento de quién es este  hombre, de sus dichos y de sus hechos, de las tropelías perpetradas por las huestes que abandera. El enemigo es poderoso,  las ciudades tiemblan.


         Dionisio ya no busca el placer. En su delirio se cree un hombre mortal. Pasa las noches en vela, convencido de que nada se puede cambiar, de que está todo escrito, que los hados no son favorables ni lo serán nunca, se deja arrastrar por los designios de Saturno. Zeus dice que está contaminado por la resignación humana  y sólo los hombres pueden curarle.

   
         Es una historia muy triste y mi tiempo se acaba. Las bacantes proponen que nos acerquemos hasta Atocha para comer unos bocadillos de calamares. Me hubiera gustado quedarme un rato más porque fuera, en la calle, veo a un joven de mirada lánguida que se pasea con una copa en la mano. Quizá sea ese al que algunos llamaron Dionisio el luminoso y otros llamaron Baco. Pero por la cristalera de El Brillante se cuela la luz violeta del amanecer y por la ventana de mi habitación, también.





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