28 de marzo de 2013

El señor Bennett y el lector ideal

Cómo vivir con veinticuatro horas al día



urbana Luna

El personaje y el tiempo, dos elementos presentes en la narrativa del autor, son los temas clave de este pequeño ensayo que a mí me gusta leer como si fuera una novela.


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- El protagonista

“Usted es justo la clase de hombre que llevo 40 años deseando conocer”. Con esta británica ironía se dirige a mí el Sr. Bennett desde la pagina 35.  Antes de comenzar la lectura de un libro, me gusta abrirlo al azar, es una aproximación intuitiva que siempre me ayuda.

Voy sentada en el vagón de RENFE, de vuelta a casa tras la dura jornada laboral. En la oficina el jefe me ha echado la bronca por no llegar a los objetivos de producción, los compañeros van a lo suyo y cuando llegue a casa tendré que negociar con mi marido a quién le toca hacer la cena. Y aquí me encuentro al bueno de Arnold declarando a los cuatro vientos que está encantado de haberme conocido.

“Con toda vehemencia repito que es a tí, justamente a tí a quien me dirijo”, leo en la página 68, y con idéntica vehemencia acepto yo su amistad y me lanzo de cabeza a la letra impresa y entro en su historia como protagonista. Sé que Virginia Woolf, a quien tengo en un altar, se enfadará conmigo. Ella consideraba a mi recién estrenado amigo como un dinosaurio eduardiano, constructor de personajes planos  y poco creíbles. Lo siento, querida, sabes que te adoro, pero acabo de convertirme en el personaje protagonista de Cómo vivir con veinticuatro horas al día. 


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- El autor 

El autor existe para deconstruir al lector. Los buenos novelistas son seductores que irrumpen en nuestra vida con el mayor descaro. Sobre todo cuando utilizan la segunda persona del singular. Te desafió a que me digas, a bote pronto, a qué dedicas las 8 horas restantes “. Al leer esto he estado a punto de cerrar el libro de un manotazo. “¿Vives o vegetas?”- se atreve a preguntar unas páginas más a delante. Mi autoestima no está para experimentos, pero me hace tanta ilusión  desempeñar el rol de protagonista que le sigo el juego y continúo la lectura.


- El tiempo:

El tiempo es una colección de cajitas chinas: Una contiene a la otra; así hasta un número determinado de veces



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¿Cuántas cajitas habrá en un día?. Borges vería infinitas cajas. Bennett, siempre conciso,  nos viene a decir que el número y el tamaño depende de la habilidad de cada uno de nosotros. Lástima, pero en este punto debo interrumpir la lectura. Las señales acústicas indican que el tren de Cercanías llega a mi estación.

Antes de subir a casa compro el pan y pienso en las rutinas domésticas. Abro la puerta con mi propia llave; mi pareja estará trabajando en el estudio y se enfada si le interrumpo.  Sin embargo hoy sale a recibirme con la sonrisa puesta. Me da un beso, sugiere que tomemos una cerveza, se ofrece a preparar la cena, me doy cuenta de que tenemos unos días de ocio por delante. 

En su mirada, que ha durado tan sólo un instante, acabo de descubrir un día entero, un día mucho más largo que toda mi jornada laboral. Arnold Bennett tenía razón con la metáfora de las cajas chinas: hay otros días, pero están en este. 


*   *   *   


Este artículo forma parte del homenaje a Arnold Bennett (1867-1931),  una iniciativa de Elena Rius y José C. Vales cuya finalidad es recordar la obra y la figura del gran escritor británico.

Más información, en el sitio oficial de la ABBA:



18 de marzo de 2013

La mirada de las cosas

Urbana Luna

Las cosas nos miran. Están atentas a nuestro deambular por la casa. Y no me parece mal que actúen como testigos de nuestra vida, siempre y cuando asuman con dignidad su condición de objetos.


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Los adornos que decoran la librería y los utensilios de la cocina nos conocen mejor que la pareja y los amigos. Nos ven cuando creemos estar solos, quizá por eso se acostumbran pronto a nuestro lado oscuro y casi siempre nos quieren. Sin embargo no todos los objetos son dignos de confianza. Podría decirse que hay dos tipos de objetos bien diferentes:


1 -  Objetos dóciles:  

Se reconocen fácilmente porque miran de frente, con los ojos muy abiertos y las pupilas centradas.  Uno no sabe si le están viendo si se deleitan en hondas meditaciones propias. Es el caso de la rana que adorna la pantalla mi ordenador. Sé que, aún siendo de trapo, lee todo lo que escribo, y todo le gusta. Es un amor de objeto, y lo más importante, vive convencida de que la razón de su existir consiste en mirar todo lo mío. Puede que esa resignación apacible sea la causa de su triste expresión, pero la  melancolía siempre da un toque de distinción a los objetos mansos.



2 - Objetos rebeldes: 


 Siempre miran de reojo, y no por cobardía o falta de carácter. Es pura envidia. Ellos quisieran dejar de ser cosas para ser nosotros. Hace poco tuve una mala experiencia con uno de estos objetos rebeldes, un mechero en concreto.


Yo esperaba que tras una caricia mía, el dispositivo se esforzara por soplar un fuego pequeñito, suficiente para encender mi cigarrillo, pero en lugar de esto, él se empeñaba en soltar largas y azules llamaradas que estuvieron a punto de quemarme las pestañas. Al fin tuve que sustituirlo por otro mechero más dócil. Como cualquiera puede deducir, esta  es la típica reacción de los objetos que desprecian las normas. Son objetos ácratas que fomentan el caos; objetos a evitar.

*

Mi consejo es que cuando iniciemos la relación con un objeto nuevo, procedamos a identificar la categoría a la que pertenece. Esto nos dará una pautas de comportamiento. Son mucho más frecuentes los objetos amables y bien adaptados al medio, aunque de vez en cuando todos nos vemos obligados  lidiar con un objeto problemático.

   ¿Quién no se ha topado alguna vez con una de esas pinzas que saltan al vacío llenas de rabia mientras tendemos la colada? 

    ¿Quién no ha sido víctima de un corte limpio e hiriente en la yema del dedo provocado por una inocente hoja de papel? 

         Por suerte, es fácil eludir la influencia de los objetos adversos. Basta con alejarse de ellos, haciéndoles creer que no sabemos que nos miran.



3 de marzo de 2013

Desnuda felicidad. Un poema de Gonzalo San Ildeonso

DESNUDA FELICIDAD


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Torbellino de claridad
que atrapas las calles en amor
dotando de sensaciones las pupilas.

Calido refugio del tiempo
entre melodías de aire
vistes el polvo de nuestros pasos
que van a la sencilla deriva.

Las alas desbordan rejas infinitas
con los sueños ingrávidos
dibujando paredes de conciencia,
y la sonrisa llueve en equinoccios
de terciopelo en el alma.

Anarquía del movimiento
brota fértil en los corazones
y en la ribera de la luz
siluetas de la luna
nos adentran en el profundo ser.

Nada es real
nada es real!

Galvanizados autómatas 
inundan el viento en proclamas,
eléctricos nuestros sentidos
viajan lejos del poder
y se tejen caminos de celeste libertad.

Desnuda felicidad
despojados de sociedad.

Gonzalo San Ildefonso