23 de septiembre de 2013

En el jardín botánico

 Relato breve. Por Urbana Luna


        Anochecer en el jardín botánico. Tiempo de cambio, espacio ocupado por sombras. Los bancos  de la glorieta se quedan solos y las estatuas, únicos habitantes a estas horas,  bajan del pedestal con estudiada parsimonia. Los seres de piedra consideran la lentitud como la máxima expresión de la elegancia. Las musas, por ejemplo,  pueden tardar horas en llegar hasta el estanque de los patos, donde acostumbran a bañarse. Aunque esto no debe extrañar a nadie, las musas nunca se apresuran, por mucho que uno las llame.

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En cambio Hermes,  mensajero de los dioses y protector de los caminos, está dotado para el movimiento continuo y la transformación rápida. Quizá porque está esculpido en metal, o quizá por su carácter impetuoso, apenas caen las primeras sombras, coge impulso y de un salto se eleva por los aires para ejecutar el doble salto mortal, una pirueta circense solo apta para verdaderos atletas. Cuando sus pies tocan la tierra firme, queda convertido en sombra andante, dispuesto para su viaje nocturno que ha de durar lo mismo que duran nuestros sueños. Para Hermes el viaje es deseo y la noche es una pequeña eternidad que le permite ser libre.

         Cada noche abandona la glorieta de la fuente para dirigirse  a la avenida central, donde le esperan los botánicos ilustres. A su paso las acacias japonesas, tan tímidas por el día, agitan sus ramas como aquellas señoritas antiguas daban aire a su abanico. Así le mandan mensajes que son piropos. Aunque conservan su tonta inocencia diurna, exhiben cierta picardía que no desagrada al joven. Ellas le silban sin necesidad de viento, cantan sin necesidad de voz y se sienten alegres como muchachas adolescentes.

Más al fondo se agrupan los castaños de indias que le dan las buenas noches con ronroneos gatunos. No dicen más pero se nota que están satisfechos al respirar los efluvios de la tierra.  


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El dios-sombra pasa junto a los plátanos que forman un bosque tan negro y callado como el cielo. Alcanza la terraza de los tilos, donde le esperan los cuatro sabios botánicos ya listos para la marcha. Con un poco de paciencia y mucho dolor han logrado transformar su añosa carne de mármol en otra muy distinta hecha de atmósfera. Ahora son materia oscura y leve, se desplazan sin el menor esfuerzo. Han vuelto a ser jóvenes y se dejan conducir.


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         Y todos juntos se dirigen al invernadero, el lugar más cálido del jardín, para celebrar su enésima reunión de iniciados. Les esperan horas de estudio, de conocimientos arcanos sobre las especies no mencionadas en las enciclopedias. La botánica bebe de la alquimia, la ciencia es deudora de la magia. 

        La asamblea es disuelta al amanecer. Cada una de las sombras camina despacio hasta el lugar que le fue asignado. Los ilustres botánicos volverán a ser mármol  en el paseo de las estatuas. El dios Hermes brillará con reflejos de bronce sobre un pilar cuadrado, inmóvil ante la mirada de los turistas, esperando impaciente la llegada del anochecer. 



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