30 de junio de 2014

En la ciudad soñada

Por Urbana Luna


Cerca de la orilla deambulan los personajes de Tiempo de silencio. Son fantasmas venidos a menos, pero todavía violentos. No conviene asustarles ni demostrar miedo. Uno debe aparentar que está allí por derecho y que nada le importa.



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Nos sentamos en el salón de los pinos,  sobre el suelo terroso, recostados en el delgado tronco, a la espera de que llegue la hora del lamento

Cuando la noche se cierra comienza el triste el mugir de las reses que fueron sacrificadas en otro tiempo. Uno piensa en la tristeza animal y en tristeza humana. Se mezclan los silencios, los sonidos de allí y de aquí, de ellos y de nosotros. 

La confusión nos alcanza. Desearíamos ser árbol, piedra u objeto inerte, y ocultos tras la máscara de la serenidad, hacemos esfuerzos por entender las conversaciones que se mantienen cerca de nosotros. Conocemos las palabras pero no alcanzamos a entender el significado de las frases, porque es un discurso pronunciado por sombras y nosotros somos cuerpo, simples testigos que no pueden influir en la trama soñada.  

En la otra orilla se extiende un  laberinto iluminado. Si uno lo mira fijamente, se despierta. Entonces la imagen de la ciudad se hace borrosa y escapa entre las pestañas, y con ella, los personajes de Martín Santos, los animales del matadero y nuestro propio miedo. Y solo nos queda una lágrima.


21 de junio de 2014

Teoría sobre el vacío

Por Urbana Luna



    Creemos pisar tierra firme: cemento y hormigón sobre estructuras metálicas, pero es solo un espejismo. Bajo las calles, los edificios y los túneles del metro, se esconde una inmensidad de naturaleza desconocida a la que todavía no se ha dado nombre.


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         Se trata de un magma viscoso, dispuesto en capas concéntricas de color grisáceo que va oscureciéndose conforme nos acercamos a lo más hondo. En el centro del laberinto está la ausencia de color, el movimiento cero,  el vacío.

         Pero el vacío tiende a cargarse de tiempo y de espacio, vive por tanto en un equilibrio precario. Para mantener su No-energía y su No-materia, cada cierto tiempo debe deshacerse de una porción de sí mismo. Su esencia es una fuerza que atraviesa ese mar alquitranoso sobre el que navegamos y acaba saliendo a la superficie por cualquier resquicio.

         Esto nos llevaría a plantear dos hipótesis: una, que el vacío perfecto no existe, y dos: que el  vacío produce efectos indeseables sobre la población. Pensemos en esas súbitas bajadas de la tensión arterial que nos predisponen al desmayo, ese cansancio injustificado que siempre achacamos al tiempo, en las faltas de apetito, en los cólicos,  en la tos irritativa.

         De momento no hay estudios concluyentes. Solo un consejo: eviten pasar cerca de alcantarillas, desagües y sumideros.

10 de junio de 2014

La aurora. Un poema de Federico García Lorca


La aurora


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La aurora de Nueva York tiene
cuatro  columnas de cieno
y un huracán de negras palomas
que chapotean en las aguas podridas.

La aurora de Nueva York gime
por las inmensas escaleras
buscando entre las aristas
nardos de angustia dibujada.

La aurora llega y nadie la recibe en su boca
porque allí no hay mañana ni esperanza posible.
A veces las monedas en enjambres furiosos
taladran y devoran abandonados niños.

Los primeros que salen comprenden con sus huesos
que no habrá paraísos ni amores deshojados;
saben que van al cieno de números y leyes,
a los juegos sin arte, a sudores sin fruto.

La luz es sepultada por cadenas y ruidos
en impúdico reto de ciencia sin raíces.
Por los barrios hay gentes que vacilan insomnes
como recién salidas de un naufragio de sangre.
 

(Federico García Lorca. Poeta en Nueva York – III  Calles y sueños /La aurora- escrito entre 1929 y 1930)

Para leer poemario completo
 pinchar en la imagen: 



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