4 de agosto de 2015

El tiempo y el tiempo

Por Urbana Luna




El tiempo y el tiempo, relato de Urbana Luna
La recompensa del adivino. Oleo de Giorgio de Chirico, 1913


              En las plazas desiertas, las estatuas se tumban sobre el pedestal. El sol de verano, lejos de dañar su piel, les otorga una cualidad diferente. Tras un tiempo de exposición, el mármol deja de ser mármol para convertirse en materia animada, radiante, inestable como el espejismo de un desierto. Dotadas de una repentina movilidad,  ensayan movimientos con brazos y piernas,  se retuercen envueltas en sus túnicas griegas como si fueran humanos recién despertados de una siesta placentera. Indolentes, dejan pasar la tarde mientras las sombras se van alargando.


         Poco antes del ocaso, se oirá en la estación cercana la sirena de la locomotora. El tren va lleno de turistas que regresan de la playa. Es hora de que cada estatua adopte de nuevo la postura erguida que le ordenó el escultor, su mármol volverá a ser mármol y el manto azul de la melancolía caerá sobre ellas. Todo quedará dispuesto para ser fotografiado.


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