10 de abril de 2016

La fumadora sonámbula

Un relato  de @LaGataPsicopata


Las noches se hacen eternas.

Sentada al borde de la cama, los ojos abiertos,  la mirada perdida en una ventana tapiada por cortinas.

las noches se hacen eternas


Enciende un cigarro y fuma. La única luz, la brasa del cigarro, faro en la noche que alumbra al ritmo de sus caladas. En la pared una araña funambulista avanza por un hilo invisible.

Cuando la ceniza es tan larga como el cigarro cae sobre sus piernas, la mira sin ver y sacudiéndola con gesto indolente cae al suelo.

Los ojos perdidos siguen pensando, imaginan, recuerdan, sueñan.

Nota calor en los dedos,  dedos que un día hicieron el símbolo de la victoria en una foto para el recuerdo. Mira su mano y viendo  la colilla consumida la tira al suelo, sus pies descalzos la pisan con saña.

Ignora el contraste de las losas y las brasas, del frío y del calor, de la realidad y  sueños.

El mechero, olvidado en el puño de su mano izquierda, parece de pronto tomar vida propia, reclama su atención. Gira la ruleta, una chispa, una llama. La araña, trapecista de la noche, aparece ante sus ojos y en un impulso, que ni puede ni quiere controlar, alarga la mano; la llama lame la araña, un pequeño fogonazo asciende y diminutas pavesas grises caen al suelo mezclándose con la ceniza.

Mañana barreré.

Quién fuera sonámbula piensa, funámbula, o araña y dejando el mechero sobre la mesilla regresó a la cama.



25 de marzo de 2016

Aficiones de una melancólica

Por Urbana Luna


         Esa dama que se oculta tras la puerta es una condesa aquejada de melancolía. No quiere a nadie, ni a sí misma, ni a sus tesoros heredados.Vive en continua negación.




los criados simulan respeto, disfrazan su odio con reverencias


     Los criados simulan respeto cuando obedecen órdenes imposibles y disfrazan su odio con reverencias. El médico sugiere que debería buscarse un pasatiempo, las aficiones nos hacen más felices. Ella manda que capturen periquitos, guacamayos y aves del paraíso, criaturas elegantes que adornaran sus salones. 

         Los criados rebuscan entre las copas de los árboles, pero solo encuentran palomas, gorriones y unos pájaros negros que no dejan de graznar. Son animales sin pedigrí, una vez enjaulados se golpean contra los barrotes hasta perder parte de su vulgar plumaje. Se picotean entre ellos y emiten un sonido silbante que va aumentando de intensidad hasta hacerse insoportable. La misma condesa recibió un picotazo cuando intentaba acercar un terrón de azúcar a una de esas bestias.

          ¡Que les corten la cabeza!, decreta inmediatamente, y los lacayos, en su papel de verdugos, afilan los cuchillos con ademanes sádicos, cruzan miradas inteligentes y retiran a los condenados para conducirlos a la supuesta guillotina. Es mejor que la señora no presencie un espectáculo tan sangriento. Enseguida le llevo a la señora  alcohol para curar la herida y una tisana para los nervios de la señora. La señora debería descansar.

         Recluida en sus aposentos, la condesa observa el hilo oscuro que resbala por el dorso de su mano. La bilis negra es densa, no llegará al río. Se deleita pensando en el destino fatal que aguarda a los pájaros, en la inutilidad de la Ornitología, y el vacío se va llenando con los vapores tóxicos de su propio espíritu. Es tan feliz.


5 de enero de 2016

Ángeles autómatas

Por Urbana Luna




           Estoy programado para hacerte feliz, dices. Eliges un libro del último estante y comienzas a leer un poema barroco. Me gustan tus gestos de rapsoda, los versos oscuros y que me mires con ojos amorosos, como si tú mismo fueras el poeta y yo la dama. A cada instante tu voz se vuelve trémula, apenas audible. Con un suspiro dejas caer el libro de cualquier manera, te desplomas sobre el sofá. Un fallo repentino en tus circuitos ha descargado las baterías. Otra vez has muerto, tendré que llamar al ingeniero. ¿Eras tú o era yo aquel ángel fieramente humano?


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